10 años después vuelvo a ver Merci pour le chocolat y La Cerèmonie de Claude Chabrol. Dos películas de la segunda edad de oro del director, que he podido disfrutar de nuevo en pantalla grande gracias al homenaje que programa la Filmoteca Española con motivo de su muerte, doblemente triste por que era un director muy vital y que seguía en activo, pese a sus 80 años. De hecho aún no se ha estrenado en España su canto de cisne, Bellamy, aunque este término no sea el adecuado pues seguro que él no era consciente de que iba a ser su última obra.
10 años después y el segundo visionado de esas dos obras maestras no me ha defraudado en absoluto. Gracias por el chocolate es un elegante divertimento de intriga ambientado como de costumbre en la burguesía, un film que juega con sus MacGuffins, (tazas de chocolate probablemente envenenado, niños quizás intercambiados al nacer) con virtuosismo y un cínico sentido del humor. Un guión perfecto donde todo encaja, al cual el tono ligero y poco pretencioso le sienta deliciosamente bien, aunque quizás le restase repercusión. Isabelle Huppert, cómo no, está perfecta, muy sutil y divertida, aunque conmueve en su última escena. Al comienzo del film una amiga suya le dice que la conoce como si la hubiese parido; su respuesta es que a ella no la ha parido nadie. Esto dice mucho de su personaje, de su situación como heredera poco querida por sus padres y del embrollo de los bebés en el hospital. Acaba el film en posición fetal delante de una manta en forma de telaraña que ella misma ha tejido. Esta imagen es muy poderosa y sutil: acaba víctima de sus propios tejemanejes. Anna Mouglalis debutó en el cine aquí y está estupenda.
La Ceremonia es otro mecanismo de relojería perfecto, pero mucho más rotundo. En vez de un juguete es una bomba que nos estalla al final. La maldad se junta aquí con la lucha de clases, envidia e ignorancia y nos ofrece un apasionante film donde todo avanza hacia el imprevisible pero a la vez inevitable desenlace. Las actrices vuelven a estar magníficas: Jacqueline Bisset, una jovencísima Virginie Ledoyen, pero sobre todo Sandrine Bonnaire e Isabelle Huppert, que crean dos personajes escalofriantes desde la más aparente vulgaridad. Recuerdo lo que me costó quitármelas de la cabeza la primera vez que vi la película…
Podría hablar de muchas más películas de este genio, que comenzó inaugurando la Nouvelle Vague con el primer largo de este movimiento, El Bello Sergio. Durante los 50 años siguientes no paró de hacer cine, pero bueno, estas dos son las últimas que he visto, y espero hacer un repaso a su filmografía en una futura entrada. Nos dejó un gran legado con obras maestras y otras , todo hay que decirlo, mediocres. Pero es que amaba el cine, su trabajo, y no podía esperar al proyecto perfecto. Tenía que rodar y rodar y seguir retratando a la sociedad, a la burguesía más concretamente, para hacer, como en La Comedia Humana de Balzac, una radiografía de su época, usando el suspense y la intriga, para los cuales estaba especialmente dotado, así cómo una fina ironía que se iría afilando con los años.
Una vez tuve la suerte de verle en persona, recibiendo un homenaje por su carrera. De hecho, dos veces, pues ponían un ciclo suyo en la Filmoteca Española y en el Instituto Francés de Madrid al mismo tiempo y aprovechó su viaje para ir a las dos sedes. Y en una de ellas ponían una de sus películas menos conocidas. Y él lo dijo: No estaba muy satisfecho con el resultado de la película. Pero prefiero, añadió, un proyecto del que no esté del todo satisfecho que un proyecto abandonado. Esta frase me dejó huella y siempre la he tenido presente.
Gracias por el consejo, Monsieur Chabrol.


















